Siento la vibración de la tierra con cada paso agigantado de la bestia. La oigo venir, escucho su cuerpo desplomarse sobre un pie y vuelta al enorme esfuerzo mecánico de trasladar el peso hacia arriba y hacia adelante una y otra vez. No es conveniente que enormes monstruos circulen por el mundo, destrozan todo a su paso. Ellos vienen por nuestras hembras, esta escrito en el destino de todos los seres monstruosos que aun en el camino de los seres mas desagradables; esos de muchos brazos, o muchos ojos, o penes, o los que nada tienen; se cruce una mujer. Me preocupa este monstruo que veo manchando el atardecer con su perfil , camina lento, como intentando no ser oído; proyectando una sombra inmensa va batiendo estanques. Creo que sigue el rastro de una dama. Probablemente la a soñado cuando todavía se gestaba en un huevo bonito, porque hasta los monstruos son bonitos cuando aun no nacen y son todo potencial. Seguramente la espiaba por una fisura del cascaron y juro ser grande y fuerte para poder conquistarla, llegada la oclacion.
*Nota: Aun cuando los monstruos alcanzan tamaños descomunales, sus huevos son de poco tamaño y sus padres los depositan en objetos que la gente deja de usar y conserva (bicicletas, juguetes, osos de peluche, gorras, zapatos pasados de moda, etc.)
Viéndolo surcar lo plano de los campos, desde lejos, he decidido acabar con este monstruo. Por que no es conveniente que enormes criaturas anden recorriendo el globo arrasando con todo a su paso. Tengo como ventaja que los monstruos rara vez son inteligentes, lo pude comprobar observando sus movimientos, pero más aun viendo la torpe manera en que busca su objetivo.
Para cada monstruo hay un matador. Y al parecer ese seria mi lugar. Ni espadas ni piedras bien dirigidas acaban con estas bestias. Son inmunes al acero, y por ojos tienen (este en particular) varios pares de rocas. No ve, solo olfatea (tiene un enorme hocico). Por eso algunos intelectuales creen que no puede culpárselo de destruir todo a su paso, es que no ve pobre monstruo. A veces yo también pienso así y los perdono adentro mio, pero después recuerdo que es sabido que no es conveniente que enormes monstruos circulen por el mundo ya que destrozan todo a su paso y que va.
Como las espadas no funcionan y el sabe que estoy acá, trato de serle indiferente. Suena ilógico, pero el no puede irse sin quitarme los latidos o perder los suyos; como se ha dicho, para cada monstruo hay un matador.
Finalmente opto por hablar con el, tratar de persuadirlo. Por un momento se detiene y le arranca sin permiso a las alturas su cabeza para acercarla lentamente hacia mí. No me ve esta claro, sin embargo tampoco parece oírme, al menos me huele. Creo leer en sus enormes rasgos areptilados una mueca de piedad o de lastima. Me gustaría poder saber cual de las dos es.
Esta escrito en el destino de todo monstruo horrible, enamorarse de su opuesto, una hermosa hembra humana; al igual que también esta en su camino el enfrentarse con su matador. Ante la situación de que a la dama le de lo mismo ser capturada o salvada, me doy cuenta que la bestia colosal y yo (el cazador) somos enemigos solo por las circunstancias y alguna implicancia del destino o de leyes preestablecidas y que aunque ambos deseemos una misma cosa (por que en parte deseo a esa mujer, y también que el mundo no este sufriendo monstruos sueltos), el desinterés nos vuelve obsoletos, carentes de sentido.
¿Debe el matador acabar con la vida molesta del monstruo?
Los monstruos son tontos por naturaleza e impulsivos. El podría de un momento a otro tomar a la mujer desgarrarle la ropa y hacerla suya de la manera en que los monstruos hacen suyas a las hembras humanas. No así el cazador (yo), que he perdido uno de mis objetivos (salvar la dama) a través de una conclusión fatal. Debo apelar al otro, dar muerte al monstruo. Ya no hacerlo por orgullo, ni para ofrecerlo como ofrenda, tampoco me preocupa ya que una colosal bestia ande destruyendo el mundo a su paso (es sabido que eso no es bueno), tan solo por que me he dado cuenta que yo y el horrendo personaje solo somos dos individuos y no uno por accidente. Voy a darle muerte por piedad, en un acto de amor indescriptible.
Ningún acero puede matar al monstruo. El cazador le va a regalar los ojos, Y quedarse con las piedras.
10/02/08
25/06/07
Panteón
Esa tarde mientras encendía un cigarrillo; contemplo con asombro como este nuevo hábito voluntariamente adquirido parecía tranquilizarlo y adormecerlo. Estaba agotado mentalmente y supuso que sentarse junto a la mesa redonda frente a la amplia ventana del living y recostarse sobre ella lo ayudaría a frenar el movimiento en su cabeza, que no paraba de crecer y lo estremecía. Sentía en el interior de su cabeza un complejo sistema de tormentas, una maraña caótica de hormigas/ideas escupidas a borbotones de un hormiguero en aparente desorganización (tan parecido a esta ciudad pensó y se sintió insecto). Sabía que existía un orden en esa aparente falta de:... pero no podía descifrarlo. No podía abordar ese barco. Por más que estudiaba cada uno de sus lados, no sabía como enfrentarlo.
Le resultaba imposible volver a la realidad, abandonar su reposo y continuar el día. No así. No con esa incapacidad de sacar una idea pura, no cuando aspiraba a la limpidez de un concepto; Uno que no se contaminara de dudas y perdiera individualidad manchándose para siempre con suciedad de las otras hormigas/ ideas/ emociones/ sensaciones/ recuerdos (podía por momentos ver a Maria entre la confusión).
Había desperdiciado el último tiempo de su tarde libre (por que esta era su tarde libre), propinando batalla al desorden y a las dudas en su mente, lo obsesionaba la diversidad de opiniones que podía elaborar en ese momento sobre sí mismo. Pensó en las cualidades provechosas de su convulsa mente, pero enseguida se sorprendió ante los argumentos defensivos que creaba para temas un tanto siniestros. ¿Como olvidar el caso Hertsen? El tipo era un asesino, el lo sabia y sin embargo estaba libre gracias a él. Probablemente había una justificación moral para su accionar (tendría que haberla). Encontrarla en esa confusión se le hizo imposible.
La multiplicidad de caminos lo agobiaba. Quería poner en orden su mente.
Se dejó caer en la quietud efímera que el humo suspendido en el aire proponía y con su cabeza apoyada ya en la mesa lo abordo la grata posibilidad de no poder despertar por días, por años. Despertar pasado un tiempo, eso si, sin lugar a dudas quería despertar, pero mas adelante y en una realidad yuxtapuesta a esta, en un espacio y tiempo diferente en donde Maria aun seguía con el y lo despertaba abrazándolo en la comodidad de una cama fresca en una habitación cualquiera, en un día mas en un calendario marcado por las repeticiones propias de la vida de un hombre común, en el supuesto caos de una ciudad tan parecida a un hormiguero.
Vislumbraba sus dos cuerpos tendidos en una cama viajando en esa conceptual ruta que lo dirigiría progresivamente, al impostergable y muy humano final del camino y ante las puertas mismas de una muerte tranquila y común, pero sobre todo lejos de la idea angustiosa de las voces en su mente, de esos pseudo seres habitándolo (ya habían abandonado el titulo de hormiga).
La posición de su mano y el cigarrillo imitaba de manera un tanto infantil a ese escritor que tanto admiraba. Un libro agazapado entre su cabello y el cenicero lo confirmaba. Después de todo este es solo un vicio menor pensó, podría haber recurrido a drogas en lugar de a los simples puchos para escapar de su mente inquisidora.
Era su tarde libre, nada de trabajo en el estudio hasta tarde, no hoy, no con la cabeza tan mareada de pensar y extrañar y extrañarse. Con algo de esfuerzo dejaría los Gitanes mas adelante, abandonándolos como se abandona a una mujer cuando ya no se la ama; así como Maria se había ido tiempo atrás dejándolo a él, que ahora se replanteaba si en realidad lograría tranquilizarse con ese cigarro y no seguir pensando en ese mundo desorganizado en su cabeza que gritaba y no callaba, como un caldo abandonado hirviendo en la cocina de Maria, mientras fabricábamos recuerdos en el ala opuesta de la casa.
Un nuevo orbe en el plano mental reclamaba un orden, un cuerpo celestial inmerso en sus silencios deseaba abandonar el estado de caos, esas voces, esas contrariadas opiniones anhelaban con prontitud el carácter de sujeto y él, en una tarde de nuevos vicios y de recuerdos agridulces, decidió jugar a ser dios, y se sumergió en la enorme tarea de dar gestos, carácter y forma a sus ideas.
Como desconocemos la forma y el largo de la mirada de los dioses, se nos hace imposible saber que es lo que sintió cuando estableció los primeros diálogos con sus ideas mediante el primordial acto de observarlos. Como de la misma manera nos parecería un sentimiento totalmente ajeno el tamaño orgullo que lo ocupo cuando vio que velozmente sus creaciones evolucionaban y se relacionaban y creaban nuevas ideas, ahora ya con forma y carácter desde un principio, ya abandonando el estado de concepto, ya lejos de ser una imagen débilmente proyectada en el fondo de su cráneo, ya con un cuerpo como testimonio de existencia.
Encendió otro cigarrillo (el tercero) y volvió a cerrar los ojos para ver nuevamente su mundo, se sentía un poco aliviado al saber que algunas de esas voces no eran otra cosa que las diferentes opciones que un hombre baraja antes de elegir lo que determinara que hombre será. La diferencia sustancial radicaba ahora en que, en su nuevo papel de dios gobernante de su propia mente, el había decidido ser todos esos posibles hombres, todas aquellas ideas no habían muerto por cierto, estaban allí. Ahora podría ser aquel que golpeaba en lugar de callar, y no el seudo intelectual que rechazaba aquellos impulsos sanguíneos y efervescentes, seria ese posible mecánico que a penas un par de elecciones cambiadas hubieran dado por resultado (a su entender correctas, pero quien no daría algo por no probar esas opciones luego de descartarlas).
Mientras el mundo en su cabeza crecía, las ideas/personas se alineaban y agrupaban. El sentimiento de odio que había sentido hacia Maria aquel día, parecía llevarse muy bien con los azules ojos de su temor a no volver a verla. Su alegría al recibir aquella espada de los Thundercats, se revolcaba con inmenso placer en un rito político con las ganas de pegarle a Ito, aquel tremendo idiota de 12 años que había hecho insoportable su PRE-adolescencia con combates a hondazos en ese pueblo pequeño de grandes eucaliptos y belicosas siestas. Ya se sentía citando a ese escritor admirado, pero es que las siestas eran igual de importantes para todos los niños, pensó, y ese pensamiento se vio como una luz atravesando el cielo del flamante mundo interior.
Así como habían comenzado a agruparse y reproducirse los habitantes/ideas de aquel mundo que el había decidido llamar “Planeta Vodevil”, o “Vodevil Planet”, también habían comenzado a distanciarse entre si. Sospecho que mientras el encendía el sexto cigarro y carraspeaba por la garganta reseca, los pobladores habían logrado sentir su presencia en la inmensidad celeste de los cielos de “Vodevil” y lo habían oído como un trueno enorme, como un dios con sed de sacrificios y enfurecido. El inmenso azote celestial fue interpretado por cada una de las nuevas agrupaciones, como una señal mística de supremacía y veracidad. La disociación entre las ideas/personas fue entonces mayor y unos oraron al dios hombre y otros al dios bestia, mientras que algunos solo lo mantuvieron en el plano de las ideas cognitivamente alcanzables (ideas dentro de ideas, dioses dentro de dioses).
Entre el octavo y el noveno cigarrillo, grandes templos se erigieron en honor a el y a cada una de sus caras. Grandes ideas/hombres crecieron hasta ganar poder y junto con los templos avanzaron hacia la cúpula astral, ganaron altura hasta casi tocar el techo de su imaginación paternal. Banderas y estandartes poblaron los campos y hubo guerras en su nombre, y vislumbro que también la sangre llenaba de placer a sus grandes ideas ahora poderosas personas, que necesitaban persistir.
Tomaba el décimo cigarro del paquete y mientras la densidad demográfica crecía avasalladoramente y el se desentendía cada vez mas de “Vodevil”, supo que su mente se había vuelto ajena. En toda esa violencia intelectual, en todo ese caos político/teológico, más de una idea comenzó a negarlo. Otras se volvieron apáticas y ya no se creyeron la idea del dios supremo, y compraron enormes vehículos sinápticos que los llevaban a grandes edificios templos en donde pasaban horas ocupados ganando culpa, comprando gracias.
Crearon lugares en los que se recaudaba en su nombre, gobernaban diciendo que tenían su protección (aunque el no estaba al tanto), juzgaban bajo su fe. Que hermoso espectáculo el de ese sistema judicial cayendo y arrastrando con el y para siempre en un domino institucional, a todos y cada uno de los poderes, pero por sobre todo quería también edificios caídos, no solo la idea, quería todo derrumbado y en el suelo. O sobre una mesa recostado.
Le tomo varios cigarrillos notar que en un punto blanco en la inmensidad de los países de Vodevil, un ser, una idea abría un atado de Gitanes mientras se recostaba sobre una mesa redonda, en la que un libro de Cortazar proyectaba sombras inexpugnables, sombras de dudas, la sombra de Maria yéndose de la casa bajo el sol recién despierto para siempre, y el cigarrillo numero veinte se consumía y así todo el atado, y de repente el punto miraba hacia arriba y lo descubría espiándolo y el ruido de las campanas y ya eran las ocho y no quería retrazarse en idioteces por que ya comenzaba la misa, y ya quería la rigidez incomoda (¿hay alguna rigidez confortable? ) de los bancos del templo soportándolo, dándole por segundos esa tranquilidad de poner en manos de alguien mas el destino, olvidándose así de Maria, de su nuevo papel de dios, de las guerras en su nombre y empezando a formar parte de aquel ritual obligado de los miércoles a la noche.
El cura parado frente al altar, la figura romántica del primogénito. Símbolo que ya había dejado de interesarle si es que alguna vez lo había hecho. Ni el hombre de la cruz, ni su padre le importaban, pero si esa idea de no morir, o de morir y despertar rodeado de esa gente que deseaba lo mismo, una guía recta para no desesperar y desbarrancarse en el transito mundano, en la insipidez de la cadena alimenticia arrodillado ante el pernicioso y sincero concepto de los ciclos de vida.
Se imaginaba en un colectivo viajando hacia la vida eterna rodeado de ancianas, monaguillos y niños vestidos de primera comunión, el padre pidió que se arrodillaran (¡que repetitivos eran los rituales!). Y entonces sintió un ruido ensordecedor como una tremenda y colosal tos, y se vio semitransparente, como una reproducción, como un recuerdo proyectado en el fondo del cráneo de alguien. Ahora el flotaba enroscado en una voluta de humo de un ultimo cigarrillo esperando que la idea de Maria se cruzase con el otra vez en la mente de alguien mas, de alguien que esperaba que el mirase hacia arriba y lo descubriese antes de la misa.
Le resultaba imposible volver a la realidad, abandonar su reposo y continuar el día. No así. No con esa incapacidad de sacar una idea pura, no cuando aspiraba a la limpidez de un concepto; Uno que no se contaminara de dudas y perdiera individualidad manchándose para siempre con suciedad de las otras hormigas/ ideas/ emociones/ sensaciones/ recuerdos (podía por momentos ver a Maria entre la confusión).
Había desperdiciado el último tiempo de su tarde libre (por que esta era su tarde libre), propinando batalla al desorden y a las dudas en su mente, lo obsesionaba la diversidad de opiniones que podía elaborar en ese momento sobre sí mismo. Pensó en las cualidades provechosas de su convulsa mente, pero enseguida se sorprendió ante los argumentos defensivos que creaba para temas un tanto siniestros. ¿Como olvidar el caso Hertsen? El tipo era un asesino, el lo sabia y sin embargo estaba libre gracias a él. Probablemente había una justificación moral para su accionar (tendría que haberla). Encontrarla en esa confusión se le hizo imposible.
La multiplicidad de caminos lo agobiaba. Quería poner en orden su mente.
Se dejó caer en la quietud efímera que el humo suspendido en el aire proponía y con su cabeza apoyada ya en la mesa lo abordo la grata posibilidad de no poder despertar por días, por años. Despertar pasado un tiempo, eso si, sin lugar a dudas quería despertar, pero mas adelante y en una realidad yuxtapuesta a esta, en un espacio y tiempo diferente en donde Maria aun seguía con el y lo despertaba abrazándolo en la comodidad de una cama fresca en una habitación cualquiera, en un día mas en un calendario marcado por las repeticiones propias de la vida de un hombre común, en el supuesto caos de una ciudad tan parecida a un hormiguero.
Vislumbraba sus dos cuerpos tendidos en una cama viajando en esa conceptual ruta que lo dirigiría progresivamente, al impostergable y muy humano final del camino y ante las puertas mismas de una muerte tranquila y común, pero sobre todo lejos de la idea angustiosa de las voces en su mente, de esos pseudo seres habitándolo (ya habían abandonado el titulo de hormiga).
La posición de su mano y el cigarrillo imitaba de manera un tanto infantil a ese escritor que tanto admiraba. Un libro agazapado entre su cabello y el cenicero lo confirmaba. Después de todo este es solo un vicio menor pensó, podría haber recurrido a drogas en lugar de a los simples puchos para escapar de su mente inquisidora.
Era su tarde libre, nada de trabajo en el estudio hasta tarde, no hoy, no con la cabeza tan mareada de pensar y extrañar y extrañarse. Con algo de esfuerzo dejaría los Gitanes mas adelante, abandonándolos como se abandona a una mujer cuando ya no se la ama; así como Maria se había ido tiempo atrás dejándolo a él, que ahora se replanteaba si en realidad lograría tranquilizarse con ese cigarro y no seguir pensando en ese mundo desorganizado en su cabeza que gritaba y no callaba, como un caldo abandonado hirviendo en la cocina de Maria, mientras fabricábamos recuerdos en el ala opuesta de la casa.
Un nuevo orbe en el plano mental reclamaba un orden, un cuerpo celestial inmerso en sus silencios deseaba abandonar el estado de caos, esas voces, esas contrariadas opiniones anhelaban con prontitud el carácter de sujeto y él, en una tarde de nuevos vicios y de recuerdos agridulces, decidió jugar a ser dios, y se sumergió en la enorme tarea de dar gestos, carácter y forma a sus ideas.
Como desconocemos la forma y el largo de la mirada de los dioses, se nos hace imposible saber que es lo que sintió cuando estableció los primeros diálogos con sus ideas mediante el primordial acto de observarlos. Como de la misma manera nos parecería un sentimiento totalmente ajeno el tamaño orgullo que lo ocupo cuando vio que velozmente sus creaciones evolucionaban y se relacionaban y creaban nuevas ideas, ahora ya con forma y carácter desde un principio, ya abandonando el estado de concepto, ya lejos de ser una imagen débilmente proyectada en el fondo de su cráneo, ya con un cuerpo como testimonio de existencia.
Encendió otro cigarrillo (el tercero) y volvió a cerrar los ojos para ver nuevamente su mundo, se sentía un poco aliviado al saber que algunas de esas voces no eran otra cosa que las diferentes opciones que un hombre baraja antes de elegir lo que determinara que hombre será. La diferencia sustancial radicaba ahora en que, en su nuevo papel de dios gobernante de su propia mente, el había decidido ser todos esos posibles hombres, todas aquellas ideas no habían muerto por cierto, estaban allí. Ahora podría ser aquel que golpeaba en lugar de callar, y no el seudo intelectual que rechazaba aquellos impulsos sanguíneos y efervescentes, seria ese posible mecánico que a penas un par de elecciones cambiadas hubieran dado por resultado (a su entender correctas, pero quien no daría algo por no probar esas opciones luego de descartarlas).
Mientras el mundo en su cabeza crecía, las ideas/personas se alineaban y agrupaban. El sentimiento de odio que había sentido hacia Maria aquel día, parecía llevarse muy bien con los azules ojos de su temor a no volver a verla. Su alegría al recibir aquella espada de los Thundercats, se revolcaba con inmenso placer en un rito político con las ganas de pegarle a Ito, aquel tremendo idiota de 12 años que había hecho insoportable su PRE-adolescencia con combates a hondazos en ese pueblo pequeño de grandes eucaliptos y belicosas siestas. Ya se sentía citando a ese escritor admirado, pero es que las siestas eran igual de importantes para todos los niños, pensó, y ese pensamiento se vio como una luz atravesando el cielo del flamante mundo interior.
Así como habían comenzado a agruparse y reproducirse los habitantes/ideas de aquel mundo que el había decidido llamar “Planeta Vodevil”, o “Vodevil Planet”, también habían comenzado a distanciarse entre si. Sospecho que mientras el encendía el sexto cigarro y carraspeaba por la garganta reseca, los pobladores habían logrado sentir su presencia en la inmensidad celeste de los cielos de “Vodevil” y lo habían oído como un trueno enorme, como un dios con sed de sacrificios y enfurecido. El inmenso azote celestial fue interpretado por cada una de las nuevas agrupaciones, como una señal mística de supremacía y veracidad. La disociación entre las ideas/personas fue entonces mayor y unos oraron al dios hombre y otros al dios bestia, mientras que algunos solo lo mantuvieron en el plano de las ideas cognitivamente alcanzables (ideas dentro de ideas, dioses dentro de dioses).
Entre el octavo y el noveno cigarrillo, grandes templos se erigieron en honor a el y a cada una de sus caras. Grandes ideas/hombres crecieron hasta ganar poder y junto con los templos avanzaron hacia la cúpula astral, ganaron altura hasta casi tocar el techo de su imaginación paternal. Banderas y estandartes poblaron los campos y hubo guerras en su nombre, y vislumbro que también la sangre llenaba de placer a sus grandes ideas ahora poderosas personas, que necesitaban persistir.
Tomaba el décimo cigarro del paquete y mientras la densidad demográfica crecía avasalladoramente y el se desentendía cada vez mas de “Vodevil”, supo que su mente se había vuelto ajena. En toda esa violencia intelectual, en todo ese caos político/teológico, más de una idea comenzó a negarlo. Otras se volvieron apáticas y ya no se creyeron la idea del dios supremo, y compraron enormes vehículos sinápticos que los llevaban a grandes edificios templos en donde pasaban horas ocupados ganando culpa, comprando gracias.
Crearon lugares en los que se recaudaba en su nombre, gobernaban diciendo que tenían su protección (aunque el no estaba al tanto), juzgaban bajo su fe. Que hermoso espectáculo el de ese sistema judicial cayendo y arrastrando con el y para siempre en un domino institucional, a todos y cada uno de los poderes, pero por sobre todo quería también edificios caídos, no solo la idea, quería todo derrumbado y en el suelo. O sobre una mesa recostado.
Le tomo varios cigarrillos notar que en un punto blanco en la inmensidad de los países de Vodevil, un ser, una idea abría un atado de Gitanes mientras se recostaba sobre una mesa redonda, en la que un libro de Cortazar proyectaba sombras inexpugnables, sombras de dudas, la sombra de Maria yéndose de la casa bajo el sol recién despierto para siempre, y el cigarrillo numero veinte se consumía y así todo el atado, y de repente el punto miraba hacia arriba y lo descubría espiándolo y el ruido de las campanas y ya eran las ocho y no quería retrazarse en idioteces por que ya comenzaba la misa, y ya quería la rigidez incomoda (¿hay alguna rigidez confortable? ) de los bancos del templo soportándolo, dándole por segundos esa tranquilidad de poner en manos de alguien mas el destino, olvidándose así de Maria, de su nuevo papel de dios, de las guerras en su nombre y empezando a formar parte de aquel ritual obligado de los miércoles a la noche.
El cura parado frente al altar, la figura romántica del primogénito. Símbolo que ya había dejado de interesarle si es que alguna vez lo había hecho. Ni el hombre de la cruz, ni su padre le importaban, pero si esa idea de no morir, o de morir y despertar rodeado de esa gente que deseaba lo mismo, una guía recta para no desesperar y desbarrancarse en el transito mundano, en la insipidez de la cadena alimenticia arrodillado ante el pernicioso y sincero concepto de los ciclos de vida.
Se imaginaba en un colectivo viajando hacia la vida eterna rodeado de ancianas, monaguillos y niños vestidos de primera comunión, el padre pidió que se arrodillaran (¡que repetitivos eran los rituales!). Y entonces sintió un ruido ensordecedor como una tremenda y colosal tos, y se vio semitransparente, como una reproducción, como un recuerdo proyectado en el fondo del cráneo de alguien. Ahora el flotaba enroscado en una voluta de humo de un ultimo cigarrillo esperando que la idea de Maria se cruzase con el otra vez en la mente de alguien mas, de alguien que esperaba que el mirase hacia arriba y lo descubriese antes de la misa.
04/06/07
La pesca
Cerró el baúl del auto con fuerza. Había cargado las cañas de pescar, la valijita con anzuelos y brazoladas, y un par de botas. A las cañas la llevaba por costumbre, el en realidad iba en casa de pejerreyes y para lo pejerreyes solo necesitaba un barrilete, que siempre dejaba en el auto. Encarnaría uno por uno los anzuelos de la línea y encaminaría el tablón de madera hacia el medio del río.
El madero estaba pintado en dos tonalidades de amarillo, la sección que sobrepasaba la línea de flotación era más clara y estridente.
Tenía todo perfectamente preparado, una maquina aceitada de pescar. La carnada eran mojarras; debían conservarse con vida; tenían que danzar en el río turbio disfrazando agudos anzuelos. Esa era manera de ocultar estas pequeñas espadas traidoras que prometían una agradable cena en familia. Como las habia olvidado, se detubo a comprarlas en el camino.
El río había crecido en los últimos meses. La creciente traía camalotes y juncos, había que estar preparado, uno de esos que se enganchara en el barrilete y habría que despedirse de los pejerreyes.
Cuando llego en el auto a la ribera del río, el olor a barro podrido lo abrazo y juro a sus botas no entender como había gente que detestaba ese aroma. El lugar donde siempre se sentaba a pescar estaba cubierto de agua, y eso transformaba en acierto el haber traído ese incomodo y valioso par.
Pobre animal pensaba, mientras tomaba una mojarra del balde que colgaba de un árbol (único lugar seguro con el agua hasta la mitad de la pantorrilla) y la atravesaba por el lomo con el anzuelo. Así lo hizo reiteradamente con cada una de ellas en cada uno de los pequeños filos. Cometería un mojarricidio antes de las 9, solo para que se le otorgara un pejerrey; o dos. Con las carnaditas sacudiéndose y batiendo el limo bastaría para arrancarlos de su mundo subacuatico y traerlos a sus manos, manos ajadas por los años y el frío del mundo.
El río turbio velozmente acerco el madero hacia su centro, y el estuvo contento de poseer este dispositivo de pesca, que era una metáfora en si mismo. El agua corría, el viento frío le partía los labios, pero era invierno y había que aprovechar. “Los pejerreyes están ahora, y no van a esperar al calor y menos a mi”. Apoyado contra un tronco, aprovecho la estabilidad que le proporcionaba este para cerrar los ojos y sentir de nuevo los olores. Mientras, el lecho del río se agitaba por una embarcación que pasaba a lo lejos y el agua embestía la costa y se metía dentro de las botas de goma.
El domingo comida en familia, se repetía para adentro; como esperanzándose de que obtendría buenos peces esa mañana. Era una familia bastante normal la suya, a excepción de su viudez y su segundo casamiento a muy corta edad. Eran una familia tipo que llevaba una vida ultra normal. Abuelo, hijos y nietos siguiendo al pie de la letra las reglas de la familia. “Cuando fue el puto día que me abandone a la normalidad” susurro; aunque quería gritar; pero no espantar los peces.
La pesca trae recuerdos y reflexiones. Así funcionaba en el.
Siempre se le venia su primer mujer a la cabeza. Particularmente la ultima discusión que tuvieron antes del accidente.
Ese día pelearon por algo que el no recordaba, celos tal vez. El la amaba y sospechaba que ella también lo hacia. El escribía en una revista mensual sobre literatura, ella pintaba cuadros que se vendían muy bien y por sobre todas las cosas ella destilaba sabiduría y sensualidad. Ese día, ella tenia puesto un vestido blanco de algodón, lo recordaba suave y caliente, no como sus botas que hacían agua como pequeños naufragios helados.
Podía traer las escenas a la mente, pero no aun así eran iguales, estaban opacadas, veladas por un manto ocre de subjetividad. Recordaba aquella boca dibujada de mujer tensa, a las palabras que emitía como sables, y a su entonces firme torso repicando como un tambor antes de la guerra.
“Me dijo imbecil, sabia que odio que me digan imbecil. Le dije: Sos una puta barata. Pedazo de animal.
Ella se fue llorando y yo me quede devastado, con la sangre en ebullición y los ojos bañados en hiel. Ese día hice trampa. Ella no lloraba y escapaba por la palabra puta. Ella sabía mi opinión sobre las putas. Ella sabía que yo no juzgaba la vida sexual para elaborar sentencias, ella sabía que yo comprendía más que eso, que me daba el bocho para más. Ella sabía como pensaba yo y le gustaba, la reputisima madre. No se fue por haberle dicho puta, fue por haberla exiliado de mi mundo, nuestro mundo de racionalidad y comprensión. Creo que la mate al mostrarle a otro yo, al llevarla a un mundo sin oxigeno, árido y hostil. Esa noche ella choco en su auto contra un arbol cuando iba a lo de su madre y murió y yo deje para siempre de escribir en la revista y en mi casa y por sobre todas las cosas dentro de mi”.
El barrilete se sacudió con fuerza. El lo recogió cuidadosamente pero firme, con una suavidad de algodón. La línea estaba llena de delgadas cuchillas plateadas que se sacudían bajo el sol de mediodía. Se quedo parado inmutable con el balde que antes tenía mojarras y agua, ahora lleno de pejerreyes. Con bocanadas desesperadas, los eficaces nadadores agonizaban sin oxigeno lejos de su mundo, en la hostilidad arida del balde de plastico. El se planteaba una vez mas, como en cada pesca invernal, cual era la razón que lo movía a practicar semejante actividad.
El madero estaba pintado en dos tonalidades de amarillo, la sección que sobrepasaba la línea de flotación era más clara y estridente.
Tenía todo perfectamente preparado, una maquina aceitada de pescar. La carnada eran mojarras; debían conservarse con vida; tenían que danzar en el río turbio disfrazando agudos anzuelos. Esa era manera de ocultar estas pequeñas espadas traidoras que prometían una agradable cena en familia. Como las habia olvidado, se detubo a comprarlas en el camino.
El río había crecido en los últimos meses. La creciente traía camalotes y juncos, había que estar preparado, uno de esos que se enganchara en el barrilete y habría que despedirse de los pejerreyes.
Cuando llego en el auto a la ribera del río, el olor a barro podrido lo abrazo y juro a sus botas no entender como había gente que detestaba ese aroma. El lugar donde siempre se sentaba a pescar estaba cubierto de agua, y eso transformaba en acierto el haber traído ese incomodo y valioso par.
Pobre animal pensaba, mientras tomaba una mojarra del balde que colgaba de un árbol (único lugar seguro con el agua hasta la mitad de la pantorrilla) y la atravesaba por el lomo con el anzuelo. Así lo hizo reiteradamente con cada una de ellas en cada uno de los pequeños filos. Cometería un mojarricidio antes de las 9, solo para que se le otorgara un pejerrey; o dos. Con las carnaditas sacudiéndose y batiendo el limo bastaría para arrancarlos de su mundo subacuatico y traerlos a sus manos, manos ajadas por los años y el frío del mundo.
El río turbio velozmente acerco el madero hacia su centro, y el estuvo contento de poseer este dispositivo de pesca, que era una metáfora en si mismo. El agua corría, el viento frío le partía los labios, pero era invierno y había que aprovechar. “Los pejerreyes están ahora, y no van a esperar al calor y menos a mi”. Apoyado contra un tronco, aprovecho la estabilidad que le proporcionaba este para cerrar los ojos y sentir de nuevo los olores. Mientras, el lecho del río se agitaba por una embarcación que pasaba a lo lejos y el agua embestía la costa y se metía dentro de las botas de goma.
El domingo comida en familia, se repetía para adentro; como esperanzándose de que obtendría buenos peces esa mañana. Era una familia bastante normal la suya, a excepción de su viudez y su segundo casamiento a muy corta edad. Eran una familia tipo que llevaba una vida ultra normal. Abuelo, hijos y nietos siguiendo al pie de la letra las reglas de la familia. “Cuando fue el puto día que me abandone a la normalidad” susurro; aunque quería gritar; pero no espantar los peces.
La pesca trae recuerdos y reflexiones. Así funcionaba en el.
Siempre se le venia su primer mujer a la cabeza. Particularmente la ultima discusión que tuvieron antes del accidente.
Ese día pelearon por algo que el no recordaba, celos tal vez. El la amaba y sospechaba que ella también lo hacia. El escribía en una revista mensual sobre literatura, ella pintaba cuadros que se vendían muy bien y por sobre todas las cosas ella destilaba sabiduría y sensualidad. Ese día, ella tenia puesto un vestido blanco de algodón, lo recordaba suave y caliente, no como sus botas que hacían agua como pequeños naufragios helados.
Podía traer las escenas a la mente, pero no aun así eran iguales, estaban opacadas, veladas por un manto ocre de subjetividad. Recordaba aquella boca dibujada de mujer tensa, a las palabras que emitía como sables, y a su entonces firme torso repicando como un tambor antes de la guerra.
“Me dijo imbecil, sabia que odio que me digan imbecil. Le dije: Sos una puta barata. Pedazo de animal.
Ella se fue llorando y yo me quede devastado, con la sangre en ebullición y los ojos bañados en hiel. Ese día hice trampa. Ella no lloraba y escapaba por la palabra puta. Ella sabía mi opinión sobre las putas. Ella sabía que yo no juzgaba la vida sexual para elaborar sentencias, ella sabía que yo comprendía más que eso, que me daba el bocho para más. Ella sabía como pensaba yo y le gustaba, la reputisima madre. No se fue por haberle dicho puta, fue por haberla exiliado de mi mundo, nuestro mundo de racionalidad y comprensión. Creo que la mate al mostrarle a otro yo, al llevarla a un mundo sin oxigeno, árido y hostil. Esa noche ella choco en su auto contra un arbol cuando iba a lo de su madre y murió y yo deje para siempre de escribir en la revista y en mi casa y por sobre todas las cosas dentro de mi”.
El barrilete se sacudió con fuerza. El lo recogió cuidadosamente pero firme, con una suavidad de algodón. La línea estaba llena de delgadas cuchillas plateadas que se sacudían bajo el sol de mediodía. Se quedo parado inmutable con el balde que antes tenía mojarras y agua, ahora lleno de pejerreyes. Con bocanadas desesperadas, los eficaces nadadores agonizaban sin oxigeno lejos de su mundo, en la hostilidad arida del balde de plastico. El se planteaba una vez mas, como en cada pesca invernal, cual era la razón que lo movía a practicar semejante actividad.
18/05/07
El general
Las noches eran repetidas, los días calcados. Juan, Beto y yo íbamos todas las mañanas al secundario y por las tardes nos reventábamos los sesos tratando de encontrar alguna actividad que rompiera con la rutina de pueblo pequeño. Mates en lo de Laura algunos días, pesca y cerveza en el arroyo los sábados.
De chicos disfrutábamos más del pueblo. Explorábamos, ordeñábamos vacas en lo de Juan, salíamos a cazar pájaros ( a mi nunca me gusto en realidad ). Recuerdo las noches en las que por la ventana del baño de Beto nos íbamos al campo de madrugada en busca de la luz mala. Yo era el que mandaba en ese juego, por que me encantaba observar, registrar y jugar al científico y además por que leía sobre ovnis, fenómenos climáticos y animales exóticos en la “Conozca Más”.
La cosa era que yo mandaba en las exploraciones y Juan, que tenía evidentemente más pelotas y a su perro Duque, iba al choque. Beto era genial. Contaba chistes espectaculares, y tenia una hermana que era tan hermosa que yo soñaba con besarla algún día bajo los paraísos y el aroma de sus flores.
El tiempo pasaba y yo quería otra vida, Juan noches más vivas y Beto más mundo. Se nos hacia imposible soportar el aburrimiento. Yo les contaba de lo que leía (mi vieja era bibliotecaria en la ciudad). Sobre las guerras y sobre el espacio. Siempre en los asados yo me lamentaba de que la hermana de Beto estuviera embarazada del imbecil de Hernán. No era mal tipo, pero era bastante artificial. Sobre-arreglado ultra cultor de una estética pueblerina que yo detestaba cada vez más.
Beto se reía y me decía que le hubiera encantado ser mi cuñado, por que así seriamos familia y construiríamos una casa enorme donde viviríamos todos, su hermana yo, el y Laura. ¿Y Juan? Juan no parecía hecho para la vida en pareja. Viviría con nosotros pero iba a ser Juan y alguien que siempre cambiaria.
Se terminaba la secundaria y yo deseaba más que nunca escapar de ahí o al menos romper con la rutina y despertar al pueblo que a las 7 de la tarde parecía terminar con su vida y las calles se volvían desierto, y yo lo miraba por la ventana con un mate en la mano.
En uno de los asados de los viernes, les comente a los chicos una idea que había tenido. Tendríamos que tocar los timbres (o golpear las puertas) de todas las casas en el espacio de tiempo que iba desde las 19 horas hasta las y 19:30; a toda velocidad recorreríamos el pueblo y con el paso de los días alternaríamos el inicio del recorrido y por que no el horario, mas temprano o mas tarde. No sabía bien que lograríamos con eso. No tardaríamos en ser descubiertos.
El plan se ejecuto como había sido planeado. Yo arrancaba en las casas que estaban atrás de los silos, Beto desde su casa en la punta norte del pueblo y Juan desde la canchita que estaba al sur. Arriba, abajo y en el medio sacudimos las puertas de las casas y más de un timbre sobresalto a los habitantes distraídos cocinando o mirando el noticiero o haciendo la tarea. Yo tenía la esperanza de que creyeran que alguien los visitaba, que venia algún pariente de la ciudad, que les traían una mala noticia.
Cuando atendieron, solo se encontraron cabezas asomadas de otros vecinos y a lo lejos una figura empequeñeciéndose a gran velocidad.
A Beto lo agarraron. No le paso nada, pero se gano un apodo que suele acompañar a los que mucho se masturban. No pudimos tocar todos los timbres, era imposible hacer eso y escapar.
En la escuela los demás alumnos se enteraron que habíamos sido nosotros los que tocábamos los timbres y también los que habíamos puesto bombas de estruendo en los canteros de la delegación. Por alguna razón también supieron que la línea continúa pintada con aerosol que cruzaba todas (bueno casi todas, algunas) las fachadas de las casas del pueblo había sido obra nuestra en una madrugada muy corta como toda madrugada en el campo. Yo atribuyo el conocimiento de nuestro plan por parte del alumnado a Juan. Seguro que se hizo el loco para levantarse una mina y le dijo de lo nuestro. Sin embargo, ninguno de los chicos les contó a sus padres de las líneas, ni las bombas. Los adultos nunca relacionaron lo de los timbres con el resto de los atentados que casualmente pasaban después de las 19 horas (siete de la tarde como me gusta decir a mi).
De a poco todos se me fueron uniendo y Juan mi general me miraba cada vez más raro. Como analizándome.
El último atentado fue una carrera de camionetas. De esas sobraban ahí en el pueblo. Todos las robarían en sus casas y recorreríamos todas las calles hasta la iglesia (centro del pueblo) donde estaba planeado acelerar los motores hasta que el ruido hiciera temblar los vidrios. Laura robo las llaves de su camioneta y se las dio a Beto. Juan le cortó el caño de escape a la de su viejo para que hiciera más quilombo. Yo tocaría las campanas de la iglesia y cerraría así el último acto. El que nos sacaría del anonimato.
Esa tarde a las siete treinta y ocho cuando los motores diesel se sacudían y como enormes aerosoles de pintura llenaban el espacio de ruido, yo subí al campanario de la iglesia. Desde arriba parecían una formación de ejército, mi ejército. Delante de todos ellos, Juan. El me miraba y sonreía, como sabiendo, por que el sabia.
Frente a la iglesia estaba la casa de la hermana de Beto, la esposa de Hernán. Cuando ella se asomo cerré los ojos y golpee con un palo la campana. En la saturación del aire volví a verlo a Juan, sabiendo, y también olí el perfume del los paraísos en primavera. Ahí estábamos yo y mi ejército y mis hermanos de toda la vida. Aparentemente sacudiendo un sistema de vida. Ofreciéndole en realidad a ella un rescate no pedido.
De chicos disfrutábamos más del pueblo. Explorábamos, ordeñábamos vacas en lo de Juan, salíamos a cazar pájaros ( a mi nunca me gusto en realidad ). Recuerdo las noches en las que por la ventana del baño de Beto nos íbamos al campo de madrugada en busca de la luz mala. Yo era el que mandaba en ese juego, por que me encantaba observar, registrar y jugar al científico y además por que leía sobre ovnis, fenómenos climáticos y animales exóticos en la “Conozca Más”.
La cosa era que yo mandaba en las exploraciones y Juan, que tenía evidentemente más pelotas y a su perro Duque, iba al choque. Beto era genial. Contaba chistes espectaculares, y tenia una hermana que era tan hermosa que yo soñaba con besarla algún día bajo los paraísos y el aroma de sus flores.
El tiempo pasaba y yo quería otra vida, Juan noches más vivas y Beto más mundo. Se nos hacia imposible soportar el aburrimiento. Yo les contaba de lo que leía (mi vieja era bibliotecaria en la ciudad). Sobre las guerras y sobre el espacio. Siempre en los asados yo me lamentaba de que la hermana de Beto estuviera embarazada del imbecil de Hernán. No era mal tipo, pero era bastante artificial. Sobre-arreglado ultra cultor de una estética pueblerina que yo detestaba cada vez más.
Beto se reía y me decía que le hubiera encantado ser mi cuñado, por que así seriamos familia y construiríamos una casa enorme donde viviríamos todos, su hermana yo, el y Laura. ¿Y Juan? Juan no parecía hecho para la vida en pareja. Viviría con nosotros pero iba a ser Juan y alguien que siempre cambiaria.
Se terminaba la secundaria y yo deseaba más que nunca escapar de ahí o al menos romper con la rutina y despertar al pueblo que a las 7 de la tarde parecía terminar con su vida y las calles se volvían desierto, y yo lo miraba por la ventana con un mate en la mano.
En uno de los asados de los viernes, les comente a los chicos una idea que había tenido. Tendríamos que tocar los timbres (o golpear las puertas) de todas las casas en el espacio de tiempo que iba desde las 19 horas hasta las y 19:30; a toda velocidad recorreríamos el pueblo y con el paso de los días alternaríamos el inicio del recorrido y por que no el horario, mas temprano o mas tarde. No sabía bien que lograríamos con eso. No tardaríamos en ser descubiertos.
El plan se ejecuto como había sido planeado. Yo arrancaba en las casas que estaban atrás de los silos, Beto desde su casa en la punta norte del pueblo y Juan desde la canchita que estaba al sur. Arriba, abajo y en el medio sacudimos las puertas de las casas y más de un timbre sobresalto a los habitantes distraídos cocinando o mirando el noticiero o haciendo la tarea. Yo tenía la esperanza de que creyeran que alguien los visitaba, que venia algún pariente de la ciudad, que les traían una mala noticia.
Cuando atendieron, solo se encontraron cabezas asomadas de otros vecinos y a lo lejos una figura empequeñeciéndose a gran velocidad.
A Beto lo agarraron. No le paso nada, pero se gano un apodo que suele acompañar a los que mucho se masturban. No pudimos tocar todos los timbres, era imposible hacer eso y escapar.
En la escuela los demás alumnos se enteraron que habíamos sido nosotros los que tocábamos los timbres y también los que habíamos puesto bombas de estruendo en los canteros de la delegación. Por alguna razón también supieron que la línea continúa pintada con aerosol que cruzaba todas (bueno casi todas, algunas) las fachadas de las casas del pueblo había sido obra nuestra en una madrugada muy corta como toda madrugada en el campo. Yo atribuyo el conocimiento de nuestro plan por parte del alumnado a Juan. Seguro que se hizo el loco para levantarse una mina y le dijo de lo nuestro. Sin embargo, ninguno de los chicos les contó a sus padres de las líneas, ni las bombas. Los adultos nunca relacionaron lo de los timbres con el resto de los atentados que casualmente pasaban después de las 19 horas (siete de la tarde como me gusta decir a mi).
De a poco todos se me fueron uniendo y Juan mi general me miraba cada vez más raro. Como analizándome.
El último atentado fue una carrera de camionetas. De esas sobraban ahí en el pueblo. Todos las robarían en sus casas y recorreríamos todas las calles hasta la iglesia (centro del pueblo) donde estaba planeado acelerar los motores hasta que el ruido hiciera temblar los vidrios. Laura robo las llaves de su camioneta y se las dio a Beto. Juan le cortó el caño de escape a la de su viejo para que hiciera más quilombo. Yo tocaría las campanas de la iglesia y cerraría así el último acto. El que nos sacaría del anonimato.
Esa tarde a las siete treinta y ocho cuando los motores diesel se sacudían y como enormes aerosoles de pintura llenaban el espacio de ruido, yo subí al campanario de la iglesia. Desde arriba parecían una formación de ejército, mi ejército. Delante de todos ellos, Juan. El me miraba y sonreía, como sabiendo, por que el sabia.
Frente a la iglesia estaba la casa de la hermana de Beto, la esposa de Hernán. Cuando ella se asomo cerré los ojos y golpee con un palo la campana. En la saturación del aire volví a verlo a Juan, sabiendo, y también olí el perfume del los paraísos en primavera. Ahí estábamos yo y mi ejército y mis hermanos de toda la vida. Aparentemente sacudiendo un sistema de vida. Ofreciéndole en realidad a ella un rescate no pedido.
25/04/07
Intercambio
Desencadenaras palabras. Atormentaras la idea. De morir trata el manuscrito. Tu vives la muerte, ella muere las muertes. Al final de la oración, atormentaras la idea en tu intelecto, la volverás inestable.
Atormentaras a la idea de morir y a la Muerte muerta incontables veces.
Intentaras descifrarla. Viendo su cuerpo reposando en la tierra, tu mirada descansará en su calavera y en los amplios huecos de su liviana mirada . Acariciaras sus huesos que no recuerdan carne.
Ansiaras su desnudez. Le otorgaras el músculo, la sangre y el aliviante placer de tus secreciones. Como guiado por la brisa te dejaras caer paralelo a su osamenta.
La veras a sus nuevos ojos, los veras tan tuyos y le contaras de tu vida. Le hablaras de esa mujer, de su sexo húmedo y del tuyo en vigor. Finalmente y en un último paso, pedirás permiso para descansar. Te liberaras de la tensión que une tus partes.
La muerte envuelta por la magia del movimiento, partirá esta vez para llevarte a ti ya mas fragil y liviano. Se ira pensando en la eternamente reiterada secuencia y la pragmática alusión al ocaso.
Atormentaras a la idea de morir y a la Muerte muerta incontables veces.
Intentaras descifrarla. Viendo su cuerpo reposando en la tierra, tu mirada descansará en su calavera y en los amplios huecos de su liviana mirada . Acariciaras sus huesos que no recuerdan carne.
Ansiaras su desnudez. Le otorgaras el músculo, la sangre y el aliviante placer de tus secreciones. Como guiado por la brisa te dejaras caer paralelo a su osamenta.
La veras a sus nuevos ojos, los veras tan tuyos y le contaras de tu vida. Le hablaras de esa mujer, de su sexo húmedo y del tuyo en vigor. Finalmente y en un último paso, pedirás permiso para descansar. Te liberaras de la tensión que une tus partes.
La muerte envuelta por la magia del movimiento, partirá esta vez para llevarte a ti ya mas fragil y liviano. Se ira pensando en la eternamente reiterada secuencia y la pragmática alusión al ocaso.
20/04/07
Por dentro espejo
Esta es una historia bañada de metal. Una historia brillante, no desde el punto de vista narrativo, ni sintáctico; Con destellos aterciopelados, esta historia solo respeta las características del manto que la cubre. Es por eso buena conduciendo impulsos eléctricos, resistiendo golpes externos. Creo que lo que mas me gusta de esta historia es lo bien que se deslizan las cosas sobre su superficie.
Cuando fortuitamente llego a mis manos, lo primero que hice fue abrazarla. Para sorpresa mía se deslizo entre mis brazos y cayó al piso sonoramente pero sin oclasionar. Desde ese momento trato de tomarla con cuidado, desde su base la rodeo con mis manos y la transporto de lado a lado. El sonido metálico es tan estridente, que aun resuena y no podría volver a dejarla caer. Ese ruido es campana y fusil a la vez. Me recuerda mucho a los timbres de fin de recreo y a las bocinas de conductores impacientes.
Durante meses me sumergí en exhaustivos ensayos y llegue a la conclusión de que gracias al baño metálico, no solo la electricidad se conducía a través de la historia sino que otras historias podían atravesarla también. De un metal hecho de mil metales, la cobertura se me hace infranqueable.
No puedo aun hoy determinar exactamente la constitución de la capa que baña la historia. Expuesta al calor se torna blancuzca y de consistencia amercuriada. Cuando la enfrío se opaca y parece tragarse la luz y hasta me atrevería a decir que absorbe vida. Progresivamente va ganando temperatura y; en las oportunidades que esto sucedió, no e podido dormir durante días.
La razón que me ata a esta historia es el no saber que se esconde dentro de su armadura. ¿Acaso la historia perfecta?, ¿Acaso una mera estructura narrativa vacía? A veces pienso que dentro de ella se esconde un cuento muy simple, de no más duración que un párrafo, un cuento que tiene titulo por que el mismo cuento en su totalidad es el titulo. Por momentos la imaginación me lleva más lejos y supongo que dentro de ese caparazón se esconde dios, su nombre escrito.
¿Y si lo que esconde dentro es nada más que aire? ¿Y si lo fortuito no lo fue tanto y el entero cosmos se alineo en una cruzada? ¿Y si tengo en mis manos el principio, nudo y desenlace de mi vida?
Cuando la veo sobre mi escritorio bañada por la luz del atardecer, escupiendo brillos dorados (durante la noche parece completamente echa de plata), la siento espectante, la oigo respirar. Sentado en mi sillón, cada ocaso la veo mas viva. Quizás esta historia no este terminada. Quizás el frío de su manto y su rechazo a mis abrazos sea solo la proyección de su espera. Quizás una de estas tardes me venga a buscar y me atraviese en una repentina mutación de su forma oval a la de hoja; para luego abrasarme por fin en una explosión lumínica de oro y plata. Quizás logre así su cometido que, aunque me es esquivo, lo imagino como el final que acaso no tiene.
Cuando fortuitamente llego a mis manos, lo primero que hice fue abrazarla. Para sorpresa mía se deslizo entre mis brazos y cayó al piso sonoramente pero sin oclasionar. Desde ese momento trato de tomarla con cuidado, desde su base la rodeo con mis manos y la transporto de lado a lado. El sonido metálico es tan estridente, que aun resuena y no podría volver a dejarla caer. Ese ruido es campana y fusil a la vez. Me recuerda mucho a los timbres de fin de recreo y a las bocinas de conductores impacientes.
Durante meses me sumergí en exhaustivos ensayos y llegue a la conclusión de que gracias al baño metálico, no solo la electricidad se conducía a través de la historia sino que otras historias podían atravesarla también. De un metal hecho de mil metales, la cobertura se me hace infranqueable.
No puedo aun hoy determinar exactamente la constitución de la capa que baña la historia. Expuesta al calor se torna blancuzca y de consistencia amercuriada. Cuando la enfrío se opaca y parece tragarse la luz y hasta me atrevería a decir que absorbe vida. Progresivamente va ganando temperatura y; en las oportunidades que esto sucedió, no e podido dormir durante días.
La razón que me ata a esta historia es el no saber que se esconde dentro de su armadura. ¿Acaso la historia perfecta?, ¿Acaso una mera estructura narrativa vacía? A veces pienso que dentro de ella se esconde un cuento muy simple, de no más duración que un párrafo, un cuento que tiene titulo por que el mismo cuento en su totalidad es el titulo. Por momentos la imaginación me lleva más lejos y supongo que dentro de ese caparazón se esconde dios, su nombre escrito.
¿Y si lo que esconde dentro es nada más que aire? ¿Y si lo fortuito no lo fue tanto y el entero cosmos se alineo en una cruzada? ¿Y si tengo en mis manos el principio, nudo y desenlace de mi vida?
Cuando la veo sobre mi escritorio bañada por la luz del atardecer, escupiendo brillos dorados (durante la noche parece completamente echa de plata), la siento espectante, la oigo respirar. Sentado en mi sillón, cada ocaso la veo mas viva. Quizás esta historia no este terminada. Quizás el frío de su manto y su rechazo a mis abrazos sea solo la proyección de su espera. Quizás una de estas tardes me venga a buscar y me atraviese en una repentina mutación de su forma oval a la de hoja; para luego abrasarme por fin en una explosión lumínica de oro y plata. Quizás logre así su cometido que, aunque me es esquivo, lo imagino como el final que acaso no tiene.
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